El coste ambiental del agua (II)

La reacción a la reflexión El coste  ambiental del agua publicada en este blog me ha sorprendido. Tanto por su impacto como por los comentarios habidos. Y no sólo en este blog. También en otros foros que la han reproducido. A todos, muchas gracias. Y como no alcanzo a contestar a cuantos han comentado el artículo, me ha parecido oportuno ampliar la primera reflexión al coste del agua en su totalidad (en el grifo del ciudadano), coste integrado por cuatro sumandos. El propio del recurso, el de operación y mantenimiento de unas infraestructuras necesarias para que el agua llegue a nuestras viviendas, su correspondiente amortización (las tuberías, cuando envejecen, deben reponerse) y, por fin, el coste ambiental al que me refería en mi reflexión precedente. La sostenibilidad económica exige recuperar los tres primeros costes mientras la ambiental (imprescindible cuando el recurso está amenazado) el cuarto.

La suma de los tres primeros costes depende de otros tantos factores. A saber, de las características del sistema (agua procedente de una fuente natural cuesta menos que agua desalada), de la calidad con que el servicio se presta y de la cualificación y eficiencia del personal. Unos costes que pueden satisfacerse de dos modos. Todos a cuenta del usuario (recuperación completa) o incluir sólo una parte en el recibo del agua, y el resto (es el subsidio) a cuenta de la administración. Así pues el asunto no es tanto atender una factura, que se pagará sí o sí, y cuyo montante depende de la calidad del suministro. La cuestión es cómo hacerlo.

Al respecto yo, como la Directiva Marco del Agua (DMA), no tengo dudas. Los abonados la deben pagar toda directamente. Porque si tal no es el caso, también lo harán, pero de manera indirecta. Al fin y al cabo, los ciudadanos financian con sus impuestos al Estado. Pero la percepción es muy diferente. En el primer caso, al reflejar el recibo todos los costes, el ciudadano percibe que la sostenibilidad no le puede salir gratis. En el segundo los subsidios oscurecen la realidad. Y si la percepción cambia, mucho más lo hace la gestión. Repercutir los costes propicia la eficiencia (los subsidios hacen lo contrario), al tiempo que el Estado ahorra en inversiones (las obras se pagan vía tarifa), disponiendo de más recursos para atender otras necesidades. Y si no los necesita, que rebaje los impuestos y le compense por pagar más cara el agua.

Conviene aclarar que recuperar costes no es antisocial. El agua, acaba de sancionarlo Naciones Unidas, es un derecho humano. Pero el acceso a ese derecho debe facilitarlo un sistema tarifario progresivo. La política del agua se hace tarifando como la social de un Estado se hace con el régimen fiscal. La sostenibilidad de una actividad exige recuperar todos sus costes, una realidad que, con claridad meridiana, ha evidenciado la actual crisis. Pero claro, la recuperación de costes se debe complementar con una eficiente regulación que impida que el dinero del agua se desvíe a otros menesteres.

Lo que se debe hacer está, pues, muy claro. Por ello sólo razones históricas, sociales y una escasa conciencia ambiental de la sociedad pueden explicar lo inexplicable. Por ejemplo que en Copenhague (la gestión allí es pública) se paguen 765 dólares (de ellos 240 dólares son costes ambientales) por 200 m3 de agua mientras en Milán, otra ciudad rica, esa factura se reduce a ¡33 dólares! No puede extrañar, pues, que el consumo de agua embotellada en Italia y Dinamarca también registre, pero a la inversa, valores mundiales extremos. En Italia 192 litros por habitante y año. Sólo 11 en Dinamarca. Precios y consumo de agua embotellada muestran pues, bien que con el paso cambiado, quien apuesta por lo inmediato y quien, como los indios iroquois, piensa en las generaciones venideras.

Enrique Cabrera Marcet

Esta entrada fue publicada en Agua y Ciudad, Política del Agua, Uso eficiente del agua y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.